Cajón desastre

Ecología Emocional aplicada al aula

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La sumisión laboral

Hoy me gustaría analizar un caso que me toca muy de cerca: mi hermano. El análisis gira en torno de su forma de entender el trabajo dentro de lo que constituye su vida, que creo que es una forma muy extendida hoy en día.

Para ponernos en situación decir que él es informático, técnico de redes. Y el caso es que anoche regresó de trabajar a la 1:00 de la madrugada, y continuó trabajando desde casa hasta las 4:00 de la madrugada en que ambos nos fuimos a dormir. Por lo visto, algo se le resistía en la red de un cliente importante.

Todo esto me parecería algo lógico comprendiendo las particularidades de su trabajo, sometido a los caprichos de la informática y de las redes de sus clientes, y atendiendo a una supuesta capacidad de autogestión en su trabajo que le permitiera recuperar sus horas de ocio y sueño posteriormente. Y remarco la palabra supuesta porque, ¿qué pasa cuando un trabajador pierde esta capacidad de defender lo que le es propio y se dedica exclusivamente a dejarse arrastrar por las obligaciones?

Mi sorpresa sobrevino esta mañana cuando a las 10:00 de la mañana me despertó hablando con mi madre. Pensé: “no puede ser cierto que se vaya a trabajar de nuevo sin haber dormido apenas por obligaciones de trabajo”. Cuando le pregunté, su corta respuesta fue categórica: “Si no voy, hay 40 personas que no pueden trabajar”.

Su respuesta, lejos de dejarme tranquila me sumió en una reflexión que ha estado invadiendo mi cabeza durante toda la mañana: ¿Hasta qué punto somos responsables de nuestro trabajo? ¿A partir de qué momento nuestro trabajo empieza a valer más que nuestra vida personal o incluso nuestra salud?

Supongo que algunos pensarán que estoy exagerando, que sólo es un día. Pero, ¿qué pasa cuando esto se convierte en una forma de entender el trabajo y empieza a repetirse periódicamente? La disyuntiva está clara: hay 40 personas que tienen un problema para poder realizar sus trabajos, y que dependen de otra persona externa que les solvente el problema. Pero estamos hablando de un solo cliente. Desgraciadamente los problemas informáticos y de redes no son excepciones puntuales en el tiempo y periódicamente suceden cosas que obligan a hacer horas extras de trabajo en detrimento de las horas personales. Así pues, ¿el trabajador ha de estar siempre disponible?

Lejos de pensar que todo esto está motivado por un altruismo exacerbado, ¿cuál debe ser la verdadera motivación que tenga más peso que la propia vida y la salud de uno mismo? La única conclusión a la que llego es el miedo. Sí señor, el miedo. El miedo a que rápidamente nos sustituyan por otro trabajador que sí tenga ganas de hipotecar su vida personal y su salud a cambio de un sueldo mileurista sin garantías de futuro. Visto así, parecería absurdo que alguien se vendiera por tan poca cosa, ¿no? Pero lo gracioso es que cuando cerramos el círculo y alcanzamos a comprender, todo es algo más complejo, una idea bien interiorizada y profundamente guardada en las cavernas de nuestra mente social: sin dinero tampoco tenemos vida personal ni salud. ¡¡Acabáramos!!

El pez que se muerde la cola. Aprendida y asumida la lección de trabajadores sumisos, de ciudadanos dependientes del dinero, con las hipotecas o créditos a nuestras espaldas, no nos queda más remedio que prostituirnos en cuerpo y mente, quizás no sexualmente, pero sí vender nuestra integridad, nuestro bienestar, nuestra felicidad. Es entonces cuando se hace patente la pregunta clave: ¿cómo podemos romper este círculo vicioso y hacer que nuestra vida profesional y personal convivan en mejor armonía?

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